Les seré sincera, la primera vez que escuche que
Caracas es la segunda ciudad más violenta del mundo me reí.
Lo sé, es una reacción un tanto fría pero me
resulto tan poco relevante, tan obvio.
Vivir en Caracas es algo interesante, al menos para mí.
Podría pasar horas solo viendo como la gente interactua, los actos de gentileza
que pasan todos los días y las muertes y los robos tan frecuentes que ya pasan
a ser una estadística más.
Vivir en Caracas es tener que vivir bajo unas extrañas
reglas impuestas por la misma situación que sufrimos. Es pasar por la calle con
la cartera adelante, andar en el metro sin sacar el teléfono, no insultar a
nadie cuando se maneja, no bajar el vidrio… Son pequeños consejos de los que ya
no se hablan, frases que tu mama te recuerda antes de salir a la calle. Ya vivir
así es costumbre, es parte ya de la cultura venezolana y nadie hace nada al
respecto.
No
pienso sacar a relucir la ira que me causa el gobierno ni lo mucho que me
molesta que la oposición sea inútil, mi opinión con el tema político se discutirá
en otro momento. Este artículo va a
hablar de un mal común, algo que insisten en politizar pero que nos afecta a
todos. Eso es lo que me molesta ambos lados, están tan enfocados en hablar mal
del otro que nadie se toma el tiempo para ver que el país se cae a pedazos. ¿Cuándo
se tomara el tiempo en TODOS los periodos políticos para ver más allá de un número,
para ver al afectado?
La
violencia en Venezuela es ya algo diario, uno no vive en este país si no tiene
un conocido o una anécdota propia que empieza con “El otro día un motorizado…”.
La única razón por la que el país está como esta es porque aquellos que pueden
hacer algo al respecto no hacen nada.
Este
país es muy religioso. Un niño que no fue bautizado es una aberración y aunque
nuestros padres nunca pisen una iglesia por alguna razón siempre tenemos una figurita
religiosa en la casa. Todos recibimos un colgante de azabache, un amuleto que
asegura nuestra protección. Como venezolanos vivimos en realismo mágico, en una
constante fe en un bien mayor. No importa si dejaste de llevar tu imagen del Arcángel
Miguel en la cartera o si vez una pepa
de zamuro y ni la recoges, si ya no te santiguas antes de salir a la calle,
todos aun vivimos en la constante creencia de que un milagro está cerca.
Esta
ceguera auto-infringida es lo que nos lleva abajo.
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