Hola, mis queridos lectores.
¿Cómo les va? Siento que debería preguntarles
eso más seguido. ¿Cómo los trata la vida? Espero que bien, o moderadamente
bien, suficientemente bien como para poder actuar normal en público sin que les
pregunten si les pasa algo.
En fin, ya cumplí mi parte de
interesarme en ustedes y ahora pasare a mi seleccionado método de egocentrismo
al contarles una anécdota que me ocurrió hoy.
No sé si lo saben pero yo ando en
metro todos los días y me encanta.
“Pero Erika ¿Cómo te va a gustar
andar en ese antro de suciedad y recostones?”
¡Buena pregunta, querido lector!
Amo andar en metro por la simple razón de que logro ver a toda clase de persona
en los vagones, las madres con sus hijos desesperados con sueño y calor, los
ancianos con cataratas que andan parados para sentirse jóvenes, los
trabajadores con miradas cansadas y audífonos en sus oídos para ahogar los
sonidos de la realidad, estudiantes con ganas de no llegar nunca a su destino…
Ustedes me entienden, se ve todo lo que la sociedad tiene para ofrecer y es
agradable ver las distintas facetas del mundo en el que vivimos. A pesar de que
los recostones no son apreciados.
Hoy salí tarde de la universidad
o bueno, más tarde de lo que es usual para mí. Me fui a mi casa alrededor de
las 4, ya cansada pero de buen humor. Tenía mi música puesta y un libro en la
mano que ya me disponía a abrir. Pinten la imagen, la estación estaba ya sola,
a mi lado solo un chico que caminaba como felino encerrado en su jaula y a mi
otro lado el horizonte de la estación donde se podían ver otras personas hacia
el final pero no las suficientes como para hacerme sentir más segura, no estoy
diseñada para defenderme en una situación de peligro, mucho menos teniendo puesto un vestido.
En estos momentos estoy algo
nerviosa, todo está muy solo y al voltear para ver quien se acercaba veo un par
de muchachos riéndose que se paran a mi lado y detrás de ellos llega caminando
un chico que realmente me dio mala espina, llevaba una gorra baja, parecía que
le tapaba lo ojos y ropa holgada que no lograban esconder lo delgado que era y tenía
puesto zapatos para correr. Se podrán imaginar que en mi mente mis alarmas se prendieron,
ahí estaba yo en pánico, no sabía si moverme o pedir auxilio cuando sentí su
mirada en mí y al voltear confirme que me veía. ¿Corría? ¿Saltaba al metro? ¿Leía
y pretendía no verlo? Si, esa era la mejor opción, ya podía sentir la brisa que
traía el metro en las piernas así que saltar seria dejado para otro día. Rápidamente
abrí mi libro y me lance a leer fervientemente, desesperada intentando olvidar
que la persona que tenía atrás estaba a punto de robarme de mi teléfono o de mi
vida y no estaba segura cual iba a doler más.
Corrí adentro del vagón vacío y
me pare al extremo de esa línea de asientos como para darle a elegir al pobre
chico espacio para encontrar otra posible víctima pero no, él estaba enfocado
en mí, entendí como una pobre conejo veía su vida minutos antes de que el zorro
se lo devorara y el chico se me para justo al lado, yo pensé que lo que me
quedaba era leer e ignorarlo así que regreso a la página en la que me quede
cuando unos párrafos ya inmersa en la lectura me doy cuenta que el chico tiene
abierto en sus manos una libreta y en ella está dibujando muy hermosamente al
señor que tiene sentado al frente.
Que agradable fue esta sorpresa
para mí, ver como mi perspectiva con respecto al muchacho cambiaba en un abrir
y cerrar de ojos, paso de ser el malandro que me va a robar el teléfono al artista
que tengo parado al lado. Lo veía como hipnotizada, como su bolígrafo trabajaba
rápido y detallaba al señor, como los ojos del chico estudiaban su dibujo y
atacan rápido la imagen del trabajador sentado y cansado leyendo el periódico.
El muchacho andaba perdido agregando detalle tras detalle y yo andaba perdida mirándolo
trabajar y así se me fue el tiempo, llegue a la california embelesada por su
talento, al acercarme más y más a mi estación veo como el chico arranca la hoja
en la que trabajaba lo cual me alegro, asumiendo que se lo regalaría al señor
que también se iba a bajar en la california, ya agarrando su bolso.
Ya planeaba bajarme cuando
escucho un “Toma chica” y al voltear está el chico que todo el viaje me mantuvo
entretenida con su dibujo en mano y una sonrisa en la cara, lectores, yo quede
tan sorprendida y halagada que solo susurre un gracias y salí del vagón con una
enorme sonrisa en la cara y una nueva posesión con valor sentimental.
Mis queridos lectores, les quería
traer esta anécdota para tal vez brindarles una breve reflexión, nada demasiado
“mensaje del grupo de la familia” pero si algo que note hoy y que este extraño
me dejo como lección, juzgar es tan sencillo que se nos va la vida en eso….
Vemos y asumimos, una apariencia ya nos dice todo de alguien cuando en realidad
se nos olvida a veces que debajo de todo esta ropa esta una persona igual a
nosotros que solo quiere dejar una impresión, este joven ciertamente dejo una
en mí.
Hasta la próxima,
Erika.
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