Amados lectores,
Siento que tengo años sin escribir,
a pesar de que mi última entrada fue en noviembre y siendo honesta con ustedes
siento que mucho ha cambiado en tan poco tiempo. Es extraño recordar ese
noviembre ya que se siente como ver a una Erika distinta (cliché, lo sé. Lo
siento) y más pura, tal vez. Más niña.
Les prometo que este post no será para
quejarme de crecer, ¡me quejare de otra cosa hoy!
Ayer salí con mis amigos cercanos a
un “local” a bailar y beber un rato antes de entrar en los oh tan esperados
parciales que estoy segura que serán protagonistas de un capitulo infernal en
lo que ya es el oscuro abismo de mi vida estudiantil. Me sorprendo a mí misma
por lo dramática que salió la última frase pero con este paro realmente estoy
cerca a unirme a la legión de tranca-metros al lanzarme una tarde en Plaza Venezuela
y cagarle el día a una buena cantidad de gente y así dar un paso más a mi
inevitable destino como villana.
¡Volviendo a la historia! Mi grupo
fue conformado por tres mujeres y un hombre, quien se autoproclamo “encargado
del ganado” siendo las bovinas nosotras, claramente (…moo…). Al pasar menos de
media hora bailando un hombre se me acerca y me agarra del brazo, causando
sorpresa, ligero terror y una pizca de ira en mí, que reprimí. Se toma la mano
y me dice al oído “Ven a mi mesa que tengo una botella”
Quede estupefacta. En shock.
Sorprendida e indignada. Lo único que salió de mi boca fue una respuesta vaga
de estar con mis amigas a lo que respondió con una mirada intensa y se retiró a
su mesa con su tan codiciada botella… botella idéntica a una que tenía yo en mi
mesa que pague con mi dinero. ¿Sera que el servicio estaba tan costoso que
considero que una botella era el equivalente a mi tarifa de acompañante? ¿Me habrá
visto cara de sedienta y considero que lo educado seria invitarme a beber un
trago? ¡Ya se! Es que malinterpreto el trago que tenía en la mano por una
cartera y no se dio cuenta que ya estaba bebiendo algo y que su tan generosa
oferta no era necesaria.
Me resulto… increíble, no deje que
esto perturbara mi noche, seguí bailando con mis amigos y deje al distribuidor
de tragos en su esquina, quien me lanzaba miradas cada vez que podía, con botella
en mano. La oferta sigue en la mesa… literalmente.
Poco tiempo después de mi encuentro
con mi bartender personal una de mis buenas amigas recibió una oferta curiosa
de parte de un caballero quien, en vez de preguntarle a ella si quería bailar
tomo la muy educada decisión que todo caballero del siglo XVIII (como ávida
lectora de ficción histórica les puedo asegurar que en el siglo xviii la mujer decidía
si quería bailar con el caballero, así que este señor aún más anticuado es…)
debe tomar de pedirle el baile al hombre del grupo. Mi amigo, el pastor del
ganado (moo, de nuevo) rechazo la oferta del caballero ya que la vaquita no
deseaba bailar. Esto le causo una especie de gracia que solo una tragicomedia
te trae… esa que te indigna pero reír es mejor que otra cosa. Lo que me resulta
intrigante de este evento de la noche es que nuestro desafortunado amigo
probablemente intentaba ser educado y no molestar a mi amiga pero su manera de
buscar ser educado termino siendo insultante al no tomar en cuenta a la mujer
con la que buscaba bailar. Probablemente él no se dio cuenta de que ella se sintió
objetizada al tener que pasar por un tercero para que este tomara la decisión
por ella. Pero la noche siguió su paso.
Bailando se te olvidan las cosas,
el sabor amargo a los evento anteriores se disipa con el sabor amargo a la mala
decisión de tomarse un shot de ron (Estoy ronca) y el amargo del ron en sí,
claro.
Mi otra buena amiga me separa para
ir al baño en un momento de nuestra noche, dejando así al pastor con mi otra
compañera de corral. Al caminar por el mar de sudor, feromonas y distribuidores
de tragos, llegamos a las escaleras que llevan a los baños; mi amiga me tomaba
de la mano para no perdernos en la locura que es un club a las 3 de la mañana y
bajando el primer escalón un chico bastante suelto le dice a mi amiga “¿Con el
permiso de quien estas bajando tú?” a lo que ella muy elocuentemente respondió
con “¿Qué te pasa a ti, guebon?” dejando a otro tradicional hombre, preocupado
por el permiso que requiere una mujer de retirarse el rebaño muy en frio. Ella
le lanza una mirada y baja las escaleras conmigo, yo muerta de la risa y ella también
(tragicómico).
Así paso la noche, queridos
lectores, fui testigo de actos inocentes que solo demuestran lo engranado que
esta el sexismo en nuestra sociedad al bailar al ritmo de canciones que nos
urgen a pegarnos a un pantalón y darnos con el swing salvaje (swing que no se
parece remotamente al su predecesor de los años 40).
Mi pastor nos regresó a mis amigas vacunas
al corral sanas y salvas dejando atrás a todos los grandes caballeros que
tuvimos el honor de conocer esa noche.
Para serles perfectamente honesta,
la mayoría de los hombres que conocimos fueron educados al respetar un no como
repuesta, algunos fueron algo irrespetuosos pero en línea general se comportaron como toros
domesticados. Mi pastor amigo fue un caballero que buscaba solo hacernos sentir
seguras y cómodas, siguiendo órdenes del… ¿granjero? (Se me están acabando
chistes de vacas, me disculpo) o mi padre, el toro mayor, quien solo se
preocupaba por nuestro bienestar, y realmente comprendo esa actitud de sentir
la necesidad de cuidarnos. No la critico, se toma esa postura no por la
creencia de que nosotras somos incapaces de cuidarnos si no por el hecho de que
como muchos toman un no como respuesta otros no se detienen.
En una nota más seria, vivimos en
un mundo en el que ser una mujer es complejo, caminamos una ruta de buscar desesperadamente
libertad y corremos el riesgo de que esa libertad nos traiga problemas graves.
Es difícil justificar la actitud sobreprotectora que pueden adoptar algunos
hombres a nuestro alrededor en casos como este pero al verlo desde un punto de
vista externo estos ambientes están repletos de extraños con intenciones varias
y diversos fondos y creencias y personalidades que no siempre son compatible
con nuestros propios sets de valores lo cual trae problemas a veces.
Tengo la esperanza de que algún día
podremos ir a un club a bailar sin la necesidad de llevar un pastor, sin la
necesidad de que tengamos que tener miedo de ir solas a algún lugar y de que se
nos trate con respeto, que se nos vea como algo más que un objeto; admito que tal vez estoy exagerando un poco
pero siento que se me es necesario expresar lo que esta experiencia puso en mi
mente.
Me pregunto si aquel extraño logro compartir
su botella.
Hasta la próxima, queridos
lectores.
Moo,
Erika.
Buen relato de una noche al parecer divertida
ReplyDeleteBuen relato de una noche al parecer divertida
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